Cuna de la Ribera del Duero, tierra que desprende sabiduría, cultura del vino, bodegas, viñas, procesos de elaboración y conocimiento sobre este manjar de dioses. Peñafiel es mucho más, mucho más que excelentes caldos, aunque para comenzar la visita qué mejor manera que adentrarnos una de sus bodegas de la mano de Casimiro, propietario de Peñafalcón, cuya marca de estos exquisitos y selectos vinos conserva el nombre original de esta población vallisoletana.

Un paseo por la historia desde el interior de sus bodegas, unos pequeños consejos para la cata, una degustación de un vino cuyo valor en el mercado solo está al alcance de unos pocos, es la propuestas que Peñafalcón nos ofrece por 15 euros, sin duda la mejor manera de iniciar el día y la visita a Peñafiel.

“El vino es el amigo del sabio y el enemigo del borracho. Es amargo y útil como el consejo del filósofo, está permitido a la gente y prohibido a los imbéciles. Empuja al estúpido hacia las tinieblas y guía al sabio hacia Dios”. Avicena

Llama la atención la Plaza del Coso, construida en la Edad Media. Podemos pasear por ella rodeados de pintorescas casas de madera con motivos arabescos y balcones. Sus puertas de entrada lucen unas llamativas protecciones.

Además de las celebraciones habituales durante las fiestas patronales de San Roque, el Domingo de Resurrección acontece en ella la Bajada del Ángel, algo muy recomendado por los lugareños.

Después de dar buena cuenta de un buen plato de lechazo típico de la tierra, para bajar la comida, me dirijo caminando hacia el Castillo, algo que recomiendo ya que es la única manera de disfrutar de sus calles y de las impresionantes vistas que ofrece la subida.

Ya en el interior de sus murallas, podemos visitar el Museo Provincial del Vino, recorrer sus rincones, descubrir la Torre del Homenaje y ver desde las alturas gran parte de las tierras donde nace una de nuestras denominaciones de origen más internacionales, y quién sabe, quizás, comenzar a planear desde aquí nuestro próximo viaje.